skip to main |
skip to sidebar

El viejo del barrio
incapaz ya a estas horas de dibujar una línea recta,
un niño que llora sin motivo aparente
y las amputadas ramas que custodian
el húmedo paseo nocturno...
eso es febrero.
Entre un concierto de Deep Purple
y otro de Roger Waters
nada hay nuevo,
sí tal vez la duda y la desgana en saber
lo difícil de colocar tilde al amor
cuando te sobran seis letras a pie de folio.
La única certeza son ya dos ojos de cinco años
cuando te da por contar parpadeos en las farolas.
Como han cambiado las margaritas
desde que la pregunta es lo de menos.
Me siento a esperar sobre tu sombra
a que llegues,
tembloroso el anhelo
y ese sabor dulce a sal
con el que te dibujo letra a letra.
Decides no acercarte
girando la sonrisa hacia otros tiempos
en los que debí callar
y asentir al miedo.
Cercana la caída
maquillo ojeras
con la saliva de los besos que guardé
entre los surcos de la mano.
Inhalaré tenue hoy esa espera
que algún día he de exhalar
ante lo cierto.
Dónde quedó la luna
ahora que llegó la noche
robando el silencio a los párpados,
ahora que los fanales aúllan
vistiendo de camino las calles.
Tal vez en la rosaleda
a los pies del ángel caído,
donde todo sigue igual
a cómo quise dejarlo.
Casi podría componer una nana
deshojando las notas
que le sobran a la melancolía.
Huído de mí en el palacio
y sus paredes de cristal
los sueños se saben condenados
como peces en su encierro.
No hables...
prefiero que escuches
el verde templado que habita en la sombra
el sollozo fugado al rincón del latido
o la luz desposada que tibia
rasga la madrugada.
Por esto y más
no hables...
ni verbos, ni ganas, ni asaltos,
tan sólo la mano tendida
y tus labios sellados.
Dejemos al reloj y sus fusas
calzar nuestra languidez.
Se escucha repicar, a lo lejos,
el tañir del viejo campanario
jugueteando entre las calles,
delineando los latidos de la espera
-no hay color cuando la luna
decide no aparcar
en doble fila-.
En los edificios
algunas ventanas se iluminan
como estrellas en la noche
dibujan una constelación
que no consigo averiguar.
A su falda, plantados
y caprichosos en su respiración,
los semáforos a esta hora
ya bombean poco ruido en lo que es
el descanso del dragón.
Todo parece tranquilo,
todo huele a maullidos y jazmín.
Hora de echar persiana a las palabras
y cerrar con candado
las ganas de buscar.

A lo lejos la verdad
y mientras tanto, aquí en la orilla,
se derrite el sol borrando cualquier huella.
No queda sombra en las esquinas
cuando la voz torna apetito
y devora las miradas
-dirán que aún pienso en tí
sin ser del todo mentira-.
Como tratar de pescar con la caña de mis dedos
alguna isla,
aquella en la que alguien dejó tendido
y secándose el anzuelo,
donde el viento quedó enganchado
incapaz de despeinar ya siquiera el cabello
en alguna de tus muchas fotos.
Hoy la pregunta no es aquella pared
contra la que hacía rebotar la sonrisa
-y aún así dirán que todavía pienso en tí
sin ser del todo mentira-,
hoy es tan sólo el espejo
donde olvidé, escrito en vaho,
lo que esperaba llegar a ser dentro tuyo.