Ahora que los grillos comenzaron a serrar la noche con sus patas y el silencio planta sueños bajo nuestras almohadas a la espera de una luna que las riegue.
Ahora que el viento esquiló el cielo de nubes donde desnudos quedaron los deseos que no caen...
Tornaré ahora a nuestro lugar, allí donde el alma escora y guardé enterrada mi fe en tí.
Son las dos, más o menos, y ahí fuera todos duermen, o al menos eso parece. Y una noche más pienso en ti. Hace poquito las campanas tatuaron en el aire su teñir lento y plateado, dos pequeños fragmentos de cristal estrellados contra el espejo de la noche. Fueron sólo dos llamadas, una para ti… la otra para mí. Y entre una y otra silencio, tan tenue como escaso. Hoy me he preguntado si la segunda campanada logrará alguna vez alcanzar la primera. ¡Es tan breve el espacio que las separa!, apenas un segundo. ¿O esperará la segunda campanada a la primera? Es apenas el mismo segundo, pero lo dudo. Es su destino, alejarse la una de la otra, no poder recorrer el tiempo cogidas de la mano… por tan sólo un segundo. ¡Parece tan breve un segundo! Pero tal vez si eres campanada ese segundo equivale a toda una vida… Por eso pensé otra noche más en ti. Porque el silencio que nos separa se me antoja eterno. Fueron segundos, tú lo sabes, sólo algunos segundos, pero están durándome toda esa vida. ¿Duran más las campanadas nocturnas? Se me ha ocurrido que de día deben durar menos porque hay más gente que la escucha. Tal vez de noche recorran más esquinas sin tantos oídos que las detengan. O tal vez sea todo lo contrario. Tal vez se consuman antes porque el alma de los pocos que nos resistimos a soñar está tan ávida de suspiros que le recuerden esos sueños que el bocado que les clavamos sea mayor. No se… Que todo se reduce a eso al fin y al cabo… a que hoy una vez más he vuelto a pensar en ti y cada día se me hace más difícil intentar dormir sabiendo que al despertar volverás a alejarte de mí como esa primera campanada… Por un segundo…
Ayer mientras te escribía entró a leerme una muchacha vestida en color tristeza y de tacto sabor a mostaza, de lágrima viva, de alma callada, pidiendo esconder en mis letras algo que sus manos guardaban: el pétalo roto de alguna flor encallada en esos puertos perdidos que custodian dulces nanas y encantados reinos de princesas siempre amadas. De un suspiro la niña apagó de mi mirada las mil velas que un día prendiste con tu lunada. Asi, eclipsado de ideas, deshecho en las ganas dejé de escribirte, olvidé qué contaba.
Hoy mientras pruebo a esculpirte otra vez con cansadas palabras aguardo a que llegue esa niña y me haga olvidar de qué hablaba.